Definición y evolución del término
La resiliencia como un proceso
Antes : Fortalezas intrapsíquicas y factores ambientales
Después: El crecimiento postraumático
“Llamamos Resiliencia a los procesos dinámicos y propios del ser humano a través de los cuales nos enfrentamos a las adversidades vitales, los superamos de manera adaptativa e incluso terminamos siendo transformados positivamente por ellos”.
Desde la primera aparición del término hasta nuestros días, el concepto de Resiliencia se ha ido transformando y por tanto enriqueciéndose, gracias a las aportaciones de un nutrido grupo de expertos, interesados en describir y posteriormente promocionar una realidad incuestionable.
Así, lo que en un primer momento se consideró como una característica innata, que dotaba al individuo de un alto grado de invulnerabilidad, pasó a considerarse en la década de los 80 como una capacidad, lo cual atribuye una aptitud sobresaliente únicamente a aquellos que poseen o desarrollan dicha capacidad.
Es a mediados de los 90 cuando algunos investigadores comienzan a introducir el término de proceso, incorporado el dinamismo propio de una interacción compleja en la que intervienen factores intrapsíquicos, ambientales y adversidades.
Al hablar de dinamismo, entendemos la realidad que nos circunda como algo cambiante y complejo, por lo que una respuesta exitosa no tiene porqué ser siempre eficaz para la resolución de nuevos problemas. Así pues, el hecho de haber tenido un enfrentamiento resiliente ante una dificultad no nos garantiza la resolución de un próximo conflicto con la misma solvencia. No existe pues el “Ya soy resiliente”. Si bien es cierto, que no existe esa garantía de la que hablábamos, bien cierto es también que todo lo aprendido puede tener tarde o temprano su utilidad.
Estos procesos pueden tener una duración variable en el tiempo. inmersos en ese tránsito nos encontramos con personas que pese a estar sometidas a grandes adversidades tienen un gran sentido del compromiso, una fuerte sensación de control sobre los acontecimientos y están más abiertos a los cambios de la vida, a la vez tienden a interpretar las experiencias estresantes y dolorosas como una parte más de la existencia. (Kobasa y Maddi),
Para poder hablar de resiliencia es necesario mantener una línea base durante todo el proceso de afrontamiento, sin grandes repercusiones en lo cognitivo, conductual y lo emocional. Hablar de recuperación es simplemente el retorno a esa línea base, hablar de Resiliencia es un peldaño más en el crecimiento vital, en el que más tarde ahondaremos al hablar del DESPUÉS.
Tomaremos una línea de tiempo para explicar detenidamente los componentes del proceso de resiliencia.

Al hablar del antes nos situamos en el periodo que antecede a la aparición de la adversidad. Este periodos en buena parte están muy ligados a las primeras etapas del desarrollo evolutivo, lo cual no quiere decir que sea imposible su aprendizaje y desarrollo a posteriori.
De acuerdo a Löesel, entre los recursos más importantes con los que cuentan los niños que han vivido procesos de resiliencia, se encuentran :
El autor señala que pueden existir además otros factores protectores. Destaca que éstos no son igualmente efectivos, y que en el plano individual algunos logran efectos solamente moderados. Sin embargo, agrega que cuando varios de estos factores actúan combinadamente, son capaces de promover un desarrollo mental relativamente sano y positivo; esto, independientemente de las dificultades presentes en las condiciones de vida.
Los análisis de los estudios de Werner sobre niños en Kauai clasifican en tres clases los factores relacionados que caracterizan a estos niños o niñas con procesos resilientes :
1. atributos de disposición del individuo, tales como el nivel de actividades sociales, inteligencia promedio, competencia en la capacidad comunicativa y locus de control interno.
2. lazos afectivos dentro de la familia que brindan apoyo emocional en tiempos de estrés
3. sistemas de apoyo externos, como el colegio, el trabajo o la iglesia que fortalecen las competencias individuales y la determinación, y brindan un sistema de creencias que da la razón a la vida.
Basándonos en los distintos estudios, proponemos este esquema como intento de organizar los distintos elementos o factores que están presentes en los procesos de resiliencia :
FACTORES que favorecen el proceso de RESILIENCIA |
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FACTORES PERSONALES |
APOYOS EXTERNOS (Yo tengo) |
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Fortaleza interior(yo soy) |
Capacidades interpersonales |
Factores afectivos |
Factores comunitarios |
Sentido de vida
Pilares de resiliencia, ladrillos, |
Vínculo Tutores de resiliencia |
Emponderamiento Dosis de exposición a la adversidad |
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Consideraremos el DURANTE como el momento que va desde el comienzo de la adversidad hasta su resolución o resignificación que conduce al proceso de crecimiento.
Estudios epidemiológicos llevados a cabo por la OMS, aseguran que una persona de cada dos ha sufrido o sufrirá un grave trauma durante su vida (guerra, violencia, violación, maltrato, incesto, etc.) y que una de cada cuatro persona experimentará al menos dos traumas graves a lo largo de su vida. Por lo que revelan estos estudios, la condición de trauma no es algo tan ajeno a nuestra realidad, aunque pareciera haber una tendencia social hacia la ocultación del dolor, que entorpece la perspectiva del sufrimiento ajeno y dificulta su expresión. Esta negación social de la expresión de la victima podría compararse con la ofuscación con la que se niega cualquier alternativa a la victima que no sea la expresión de su dolor – victimización-.
Resulta simplista pensar que ante tanta variedad , interacción y frecuencia con la que nos ocurren estos acontecimientos, los seres humanos respondamos todos de la misma manera, con igual intensidad y duración.
Una clasificación de acontecimientos vitales estresantes desde una perspectiva dialéctica puede ayudarnos a desentrañar la cuestión, al margen de la interpretación personal que cada uno hace de los acontecimientos, en este caso adversos:
1. Acontecimientos normativos de edad:
Determinantes biológicos y ambientales que muestran una alta correlación con la edad cronológica.
Sería todos aquellos relacionados con la maduración biológica y la socialización cuando es considerada como la adquisición de una serie de roles o competencias normativas relacionadas con la edad .
2. Acontecimiento normativos históricos:
Acontecimientos o normas completamente generales experimentados por una unidad cultural dada en conexión con el cambio biosocial. Las influencias de tipo histórico pueden implicar tanto características ambientales como biológicas. Dichos efectos de cambio biosocial varían con el tiempo histórico y pueden producir constelaciones únicas de influencias relacionadas con una generación. ( Conflictos bélicos, catástrofes naturales, etc)
3. Acontecimientos no normativos:
Determinantes ambientales y biológicos que, aunque significativos en su efecto sobre historias vitales individuales, no son generales. No ocurren a todo el mundo ni ocurren siguiendo un patrón o secuencia invariable. Ejemplos de esto son los acontecimientos y patrones de acontecimiento relacionados con actividades profesionales (desempleo), vida familiar (divorcio, muerte un ser querido) o salud (enfermedades serias).
Queda claro que en la interpretación de la adversidad juegan un papel crucial factores individuales y sociales.
No hablamos del mismo tipo de adversidad cuando nos referimos a sociedades subdesarrolladas que cuando tratamos de identificar los traumas o dificultades propios de las sociedades occidentales.
El modelo de la Casita (Vanistendael, 1997) reconoce que la construcción de la Resiliencia debe empezarse por la consecución de cosas tan básicas como Salud, Nutrición, Reposo y Recreación. Cientos de millones de personas luchan a diario por alcanzar estas metas, sin embargo estas preocupaciones resultan ajenas en las sociedades del bienestar.
Es frecuente en la literatura sobre Resiliencia encontrar referencias a grandes catástrofes, situaciones de extrema pobreza o desigualdad social. Pareciera como que no se puede hablar de Resiliencia si no median estos grandes desastres. Nada más lejos de la realidad. Cubiertas las necesidades básicas y sin más camino que el propio ciclo vital, nos iremos exponiendo a una serie de acontecimientos (responsabilidades, pérdidas afectivas, conflictos relacionales, enfermedades, muerte de seres queridos, etc), que tendremos que negociar con habilidad para seguir adelante.
Sabemos gracias a los estudios psicosomáticos que la manera en la que nos enfrentamos a estos acontecimientos cotidianos tiene una gran repercusión sobre nuestra salud. (Pelechado, 1997).
Es aquí donde nuestra forma de interpretar el acontecimiento juega un papel vital a la hora de calibrar el grado de una adversidad y el estilo con el que lo afrontaremos.
Entendemos pues que:
- Las adversidades son una parte inherente al propio proceso vital.
- Que en su interpretación y afrontamiento interaccionan factores ambientales e individuales.
En una revisión de unos cuarenta estudios científicos recientes sobre los cambios positivos que experimentan algunas personas después de vivir una situación traumática, los psicólogos de la Universidad de Warwick (Reino Unido), Alex Linley y Stephen Joseph, llegaron a la conclusión de que existe un “crecimiento postraumático”. Igualmente, las investigaciones de Susan Nolen-Hoeksema, profesora de Psicología de la Universidad estadounidense de Michigan y otros colegas, sobre los efectos de la muerte de seres queridos, demuestran consistentemente que alrededor del 75 por ciento de los familiares del difunto saca algo positivo de su dolorosa pérdida. Todos conocemos personas para quienes el proceso de duelo da lugar a algún cambio saludable en su personalidad. Entre los beneficios más frecuentes se encuentran el fortalecimiento de las relaciones con los demás y la capacidad de ponerse en las circunstancias de otros. Algunos descubren en ellos mismos facetas creativas o altruistas que desconocían. Otros afirman que disfrutan más que antes de las pequeñas cosas que ofrece el día a día.
En este sentido consideramos que, avanzando en el concepto que se barajaba inicialmente de la “invulnerabilidad”, lo que podemos afirmar es que haber superado un obstáculo en la forma y manera que hemos expuesto no implica quedar libre de estrés, presión o conflictos, puesto que hoy por hoy no es posible predecir acontecimientos a los que uno va a tener que enfrentarse en su devenir aunque sí lo es definir algunos momentos de crisis completamente relacionados con el proceso vital en cada cultura.
Definir este “después” como adaptación positiva en un intento por resaltar que las condiciones que el individuo alcanza tras superar esa adversidad hacen que no se encuentre en el mismo punto, sino que considere en él mismo una evolución personal.
Es aquí cuando comienzan a surgir las dudas respecto al sentido de esta afirmación:
- ¿Cómo se sabe si realmente hubo adaptación positiva?
- ¿Cómo se constata ese crecimiento? Incluso algunos se arriesgan a preguntar: ¿cómo puede medirse?
- ¿Realmente es una percepción subjetiva o es posible constatarlo mediante la observación de un agente externo?
- ¿Uno solo es consciente de que realmente ha llegado a ese punto cuando analiza al cabo del tiempo lo que le sucedió?
- ¿Dónde está el añadido?
Siempre hay un antes y un después de un suceso traumático. Pero no es menos cierto que sólo una minoría de las personas que se exponen diariamente a las pruebas más penosas de la vida claudican o enferman. Después de todo, la esperanza y el espíritu de superación forman parte del instinto de conservación y de supervivencia del ser humano.
Si se trata de una nueva etapa de vida, y observando algunos ejemplos que se repiten en la historia de la Humanidad, podríamos hacer referencia a asuntos como:
Un ejemplo que ilustra esta mejora sería la historia de Rigoberta Menchú , nacida en una pequeña aldea guatemalteca, que como cualquier niña maya conoció de pequeña el trabajo duro en los grandes latifundios. A los 19 años entró a militar en el Comité de Unidad Campesina, mientras el Ejército Nacional llevaba a cabo su campaña de tierra arrasada. El 9 de septiembre de 1979 su hermano menor fue secuestrado y asesinado por el Ejército; en 1980 su padre fue quemado vivo junto con otros veintinueve ocupantes de la Embajada de España, y pocos meses después también su madre moría torturada. Rigoberta salió del país y se refugió en México a los 21 años, donde fue acogida por el obispo de Chiapas. Allí continuó aprendiendo el español, así como a leer y escribir. Desde allí inició una serie de viajes, cuyo epicentro era Ginebra, donde participaba dentro del Grupo de Trabajo de la ONU sobre Poblaciones Indígenas. Desde que en 1992 recibiera el premio Nobel de la Paz, sigue trabajando, ya en Guatemala, por la defensa de los derechos humanos, particularmente en las áreas de desarrollo y educación a través de la fundación que lleva su nombre.
Muchos de los supervivientes de un trauma siguen amando y trabajando, como decía Freíd que debía hacerse para lograr la felicidad. Lo que hacen es trasformar su tragedia en energía creadora y enriquecer su vida con actividades sociales útiles y gratificantes. No siempre es malo curtirse en la adversidad. Aceptar el sufrimiento y sobreponerse a él es algo muy positivo. De hecho, un trauma puede enseñar a una persona lo que es sufrir, pero también lo que es vivir.
Continuando con Echeburúa, se pregunta este autor ¿cuál es el significado profundo de la superación del trauma? Recuperarse significa ser capaz de haber integrado la experiencia traumática en la vida cotidiana y de haber transformado las vivencias pasadas en recuerdos, sin que éstos sobrepasen la capacidad de control de la víctima ni interfieran negativamente en su vida futura. Y recuperarse significa sobre todo volver a tener conciencia de que se ocupa un nuevo asiento del conductor de la vida (Herbert y Wetmore, 1999). Convendría por tanto invertir el dicho popular de “mientras hay vida hay esperanza” por lo contrario, “mientras hay esperanza, hay vida”.
Lo que es cierto es que hay víctimas de situaciones traumáticas que, por mostrar un aprecio más profundo del valor de la vida o por quedarse con una sensibilidad más acentuada, han recuperado e incluso aumentado su fortaleza moral y han encontrado beneficios inesperados a su sufrimiento, no por masoquismo, sino por la aceptación de que la tragedia es parte inevitable de la vida.
En cualquier caso, la respuesta comunitaria es fundamental para lograr la cicatrización de las heridas psicológicas de la victima, la recuperación de su identidad moral y su plena reintegración social. El dolor puede ser aliviado por el potente bálsamo de la solidaridad y del dolor compartido.

